Atardeceres de nada.

Últimamente me ha dado por plantarme al atardecer en mi jardín, apalancado mirando al oeste, observando -y solo observando, nada más; ni meditando, ni reflexionando, solo observando- cómo cae el sol, como va recortando la luz las siluetas de las nubes. Es un ejercicio de mindfulness, sin teléfono, ordenador, televisión ni seres humanos cerca, una voluntaria abstracción sobre el hecho de que, un día más, el sol se pone y nos regala bellísimos colores y formas en el cielo. No sé qué nombre darle al ejercicio de plantarse, quedarse quieto sin más objetivo que contemplar el ocaso, sin hacer nada más. Decían los Sioux que hasta que no pones nombre a las cosas, las cosas no existen. Pues los llamaré “atardeceres de nada”, porque no hago nada más que observar cómo atardece, nada más; cómo van cambiando las luces desde el amarillo al violeta, pasando por el naranja y el malva, cómo se recortan las luces en las nubes que parecen de papel, pero tornasoladas en sus bordes. Y cómo al final se hace la oscuridad, casi todos los días con un espectacular rojizo, dorado, casi ocre, que te reconcilia con la máxima de Ramón Trecet: “buscad la belleza, es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo”.

Atardecer de nada. Junio 2021.
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